Una de las amistades más profundas y cercanas que se registran en la Biblia es la de David y Jonatán. Cuando se conocieron, se hicieron buenos amigos al instante (I Samuel 18:1-4). Basaron su amistad en el compromiso con Dios y no en el uno con el otro, no dejaron que nada se interpusiera entre ellos, incluidos los problemas profesionales y familiares, se acercaron más cuando su amistad fue puesta a prueba, y fueron capaces de seguir siendo amigos hasta el final.

La historia de esta amistad y de la lealtad mutua es quizá la razón principal por la que mi mujer y yo llamamos a nuestro primer hijo Jonatán. Jonathan es un nombre hebreo que significa “Dios ha dado o regalo de Dios”. Creo que le pusimos el nombre correcto porque resultó ser un gran hijo, amigo y un ejemplo para sus hermanos.

La amistad es uno de los aspectos más valiosos de la vida. Un amigo es alguien que se preocupa por tu bienestar; alguien que te dirá tus defectos y te apoyará a pesar de ellos; alguien con quien puedes compartir tus altibajos, así como lo cotidiano. Los amigos tienen intereses comunes y un vínculo emocional que va más allá de ser conocidos.

Los conflictos, los malentendidos e incluso el tiempo y el espacio no frenan las amistades más fuertes. Un buen amigo puede ayudarte a crecer como persona, mientras que un amigo terrible puede arruinar tu vida.

Ser un buen amigo es la clave para tener excelentes amigos. Dios puede convertirse en tu mejor amigo, ya que es el modelo a seguir para todas las demás amistades (Salmo 25:14).

 

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